Sábado de reflexión

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2021-09-10

Salomón Beltrán Caballero

Conocí la felicidad, cuando soñé que todo lo que pensaba y hacía era bueno, entonces no quería nada para mí, porque daba todo lo que tenía al necesitado, o al que pensaba que sufría, porque no lo veía contento con la vida.

Conocí la felicidad, cuando sin pedir nada, la gratitud que tampoco pedí, me llegó a través de la sonrisa dibujada en la cara en aquellos a quien pude servir. Pero los sueños no pueden ser para siempre, y al despertar, me di cuenta  que muchas personas le ponen precio a la felicidad.

Conocí la felicidad, cuando podía ser libre, libre para pensar, para desear, para amar todo lo que  generaba aquella maravillosa sensación de bienestar que no mortificaba la mente; libre para ejercer a plenitud mi voluntad, sabiendo que lo que hacía era para mi bien y para el bien de la comunidad.

Conocí la felicidad, cuando me sentí amado, y me quedé a ella tan acostumbrado, que con serlo, para siempre me puse a soñar; pero el sueño era interrumpido por los que, viven despiertos tratando de comprar la felicidad.

Conocí la felicidad, cuando mi hermano, ya no me consideró como su competidor y como su enemigo, cuando consideró que ya no había nada que me pudiera envidiar, cuando su miedo a no estar a la altura de aquellos que brillan por su natural espíritu de bondad, mientras su espíritu se desvanecía  entre halagos  e hipócritas, por el precio que había pagado.

Hoy me desperté de mi sueño, de lo que pensé era la felicidad y despierto quiero ser feliz, convencido de que he hecho cosas buenas en la vida, para mi  prójimo y para mí, que no pudieron ser medidas con la vara de los que sintieron que no llené sus expectativas de lo que para ellos es la felicidad.

Hoy trataré de ser feliz conmigo mismo, porque me quedó muy claro, que Dios no castiga, que yo soy mi propio juez y que si por lo que he hecho me he de condenar,  pagaré por ello mi condena, pero, si así debería de ser por todo lo que consideran malo, arrepentirme de ello debiera, por el bien de otros, para acogerme al perdón del Señor que reina en el cielo.

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