Del desapego a la pérdida

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2024-01-26

Liborio Méndez Zúñiga

Dicen que en enero, desviejadero, y llegados a cierta edad las esquelas de familiares y amigos vetustos empiezan a ser más frecuentes. Conforme se acumulan las noticias tristes de fallecidos, se puede llegar al punto de no asistir a los funerales y hacer mutis, tal vez porque uno mismo se empieza a ver en la hora suprema. Cuando de un clan familiar empiezan a morir las mujeres, uno de los varones les susurra a los hermanos, no hagan olas que el corte empezó por el lado de las muchachas.

Hacerse cargo de que todos moriremos algún día, tal vez empiece con la infancia, pero la lección más aguda es cuando se pierde a los padres, y por supuesto al cónyuge o a un hijo. Es entonces cuando reflexionamos sobre el desapego a nuestros seres queridos. Si no son familiares pero son personas queridas, la canción Cuando un amigo se va… lo dice todo.

Si bien la ausencia no se cultivó por decreto, si la provoca la distancia cuando es necesario emigrar incluso a tierras extrañas. Cambiar de residencia temporal, no solo nos hace tomar distancia del hogar materno, y los primeros amigos, mudamos de hábitos y costumbres, aunque no reneguemos de la cruz de la parroquia. Entonces cobra relieve la niebla del ayer, regresa uno a su pueblo de origen y ya no sigue igual, y nosotros tampoco somos los mismos.

Por eso nos toma desprevenidos que la generación de la secundaria nos invite a convivir, para rememorar, aunque sea unas horas, las primeras amistades y tal vez los noviazgos efímeros. Menuda sorpresa se lleva uno cuando alguna compañera se le cuelga al cuello y le reclama ¿a poco no me reconoces? Pero los reencuentros sin agenda como quiera se disfrutan por que se tiende a recordar lo bueno de la vida escolar. 

Pareciera entonces que la trayectoria de vida más vale asumirla como un camino sin retorno, un viaje sin tener puerto seguro, un destino solo posible con la itinerancia, y de manera concomitante el desapego de los cariños filiales y fraternos, y también lo dice la canción: no cabe duda que la costumbre… es más fuerte que el amor.

Sin embargo, tengo para mi que como seres humanos nos encontramos y reconocemos volviendo al origen, sin remedio, en el hogar comenzó todo para cada quien, y como dijo un escritor griego: “A mis 25 años, cuando me pregunté cómo viviría mi vida, la respuesta fue yéndome. A los 77 la pregunta volvió: ¿Cómo viviría la vida que me quedaba? Y la respuesta cada vez con más frecuencia, regresando.

La cita es de Thedore Kallifatides: Otra vida por vivir.

Sin embargo, en la nueva vejez que nos tocó vivir a la generación de los cincuenta, algunos nos empeñamos en no dejar entrar al viejo, y por eso la reticencia a jubilarse, porque aumentó la esperanza de vida, y nos sentimos con aires para seguir en el juego, cuando bien mirado ya nos toca ocupar las gradas. Eso diagnosticó un médico a la pareja, acotando: sí pueden ir a las olimpiadas de la tercera edad, ella a competir y él a las gradas.

En mis soliloquios (reflexión interior o en voz alta y solas), recuerdo la frase repetida hasta el cansancio por mi padre: Como decía don Juan Soria, un fundador del Poblado Anáhuac, el chiste no es vivir, sino saber vivir.

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