Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2026-06-26

Salomón Beltrán Caballero

Hoy, como no pasaba en muchos años, me quedé un poco más de tiempo en la cama,  uno y otro sueño se fueron dando con una claridad sorprendente, todos ellos se significaron por ser tranquilos, algunos exaltaron mi alegría, otros la nostalgia, pero iban imprimiendo en mí el anhelo de disfrutar lo que estaba por venir; cuando por fin abrí mis ojos, como no pasaba ya en muchos años, mi primer pensamiento fue el de decir una frase que tenía olvidada: “Hogar, dulce, hogar” y en seguida empecé a estirar cada una de mis extremidades de una manera que desde hace tiempo no me atrevía hacerlo por temor a los calambres, y al ver que estos no se presentaban, surgió otra vieja frase olvidada: “Me siento lleno de energía y me espera un día maravilloso, así es que, a levantarse” Ya sentado en la cama,  elevé la oración matutina de gratitud a mi Señor que nunca olvido y a su término caminé para asomarme a cada una de las ventanas, como hace tiempo no lo hacía; al descorrer la cortina de la ventana de mi habitación, recibí un baño de sol a consciencia, como no lo hacía desde hace mucho tiempo, respiré profundamente y esbocé una saludable sonrisa, después me dirigí a la habitación de mis hijos, contemplé la cama tendida, me acerqué a la ventana y le pedí a Dios cuidara de ellos en donde quiera que estuvieran, porque desde el día que se marcharon, supe que tendrían que valerse por sí mismos, pero les pedí que cuando necesitaran algo de lo que yo, como padre, no pude darles, se lo pidieran a Dios, porque para Él no hay imposibles. Después bajé por las escaleras hacia la sala, me dirigí a la ventana que da al frente de nuestra casa y pude apreciar el espacio de los anhelos de estar acompañado de toda la familia en aquella comida que nunca se ha dado, porque todos han estado muy ocupados, pero, imaginé por unos momentos, como ahora, en el que parece que el tiempo se ha detenido, que por fin lo había logrado. Después, me asomé por la ventana que da al patio, y contemplé a nuestro pequeño intento de jardín, que, aunque no tiene flores, aún las ramas de las plantas asoman la verde evidencia, de que tienen vida y me dije, algún día… el día en que pueda dedicarles tiempo suficiente, podré disfrutar de mi jardín, porque no puedes darle más trabajo a quien como yo, aun después de jubilarse, sigue entregándose en cuerpo y alma a los demás. Una vez recorrido todas las ventanas, me senté en la sala a contemplar un cuadro que pende sobre la pared cuya imagen de un maravilloso paisaje te invita a caminar sobre la hojarasca en un otoño de la vida, del propio tiempo al que le exigimos tanto, pero nunca tendrá culpa de cómo utilizamos el tiempo que Dios nos ha obsequiado en nuestro paso por la tierra. Ahí sentado y muy callado, cerré la ventana que da hacia el interior de mi ser, una vez  que mi espíritu regresó a mi cuerpo.

enfoque_sbc@hotmail.com

Derechos Reservados © La Capital 2026