Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2026-09-11

Salomón Beltrán Caballero

Cuando nace tu primer nieto, sientes una emoción indescriptible y, conforme van llegando los demás, sigues igual de emocionado. Sin duda, es el amor lo que mantiene el entusiasmo. En una ocasión me preguntaron a cuál de todos mis nietos quería más, y mi respuesta fue: «A todos los quiero por igual, pero aquel que destaque por su ternura y humildad seguramente logrará ocupar un lugar especial en mi corazón».

Con el tiempo, he sentido que mis hijos piensan que yo hago diferencias entre mis adorados nietos y, aunque no me lo reclaman directamente, con alguna frase poco grata expresan su malestar. Yo hago como si no escuchara, porque siempre es difícil explicarles a los hijos que no existe tal diferencia y que aquello que de pronto les parece injusto no es otra cosa que parte del apoyo que brindamos los abuelos para que nuestros nietos refuercen sus valores.

Durante un tiempo tuve la valiosa oportunidad de tratar a María José, hija de María Elena y José, desde su nacimiento. Estuve lo más cerca que pude, así como he podido estarlo de mis demás nietos. Sin embargo, a María José sus padres comenzaron a tratarla como si fuera un terrón de azúcar. Me daba la impresión de que, por ser su primera hija, no querían ni que le diera el aire. De ahí que me hiciera a la idea de que yo era demasiado torpe para tomarla en mis brazos y que, por ello, cabía la posibilidad de que pudiera sufrir algún percance. Por lo tanto, me limité a observarla y a hacerle cariños a corta distancia cuando era bebé.

Pero un buen día, Dios quiso acercarme más a mi nieta. Sus padres llegaron de visita por cinco días a nuestro hogar y, como yo estaba de vacaciones en ese entonces, aproveché para tener un mayor contacto con ella. Al principio, María José no me reconocía y lloraba, pero le bastaron veinticuatro horas para identificarme plenamente y dejarse apapachar por su abuelo.

Los tres primeros nietos, hijos de Katty, son los más apegados a la casa de sus abuelos maternos; sin duda, ellos son los que más han disfrutado de nuestra compañía. A mis tres amados nietos, hijos de Cristian Salomón, los visitamos con relativa frecuencia y, en ocasiones, ellos tienen la oportunidad de estar en nuestra casa.

Dios nos bendijo con ocho nietos y, por lo que a mí respecta, trataré de dejar en cada uno de ellos una huella positiva e imborrable, porque me entristecería mucho saber que mi recuerdo como abuelo se perdiera con el tiempo debido a la indolente cultura actual, que privilegia el materialismo y se empeña en minimizar los valores humanos positivos y minimizar los valores espirituales.

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