Las mil y una anécdota
ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero
2026-11-06
ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero
2026-11-06
El padre de mi esposa, Don Aristeo Rodríguez Guerrero, fue en vida un hombre cabal que privilegiaba la honradez y el trabajo como ninguno, era sumamente metódico y apasionado de las matemáticas; tal vez por eso, su carácter acusaba una fineza muy parecida a la que se adquiere en las altas escuelas militares; su familia, por ende, era muy disciplinada, y los varones adquirieron el mismo gusto por los números, mientras que las mujeres se distinguían por ser excelentes amas de casa.
Cuando mi familia apareció en escenario victorense, nos tocó en suerte ser vecinos de la familia Rodríguez González y contrastaba nuestra forma de ser con ellos, porque permeaba en nuestra cultura, una forma más liberal de conducirnos, al fin, procedíamos de la ciudad de Monterrey N.L. donde el ambiente provincial se había alejado para dar paso al concepto de metrópoli.
Nuestra ruidosa presencia no pasó desapercibida para don Aristeo, quien de inmediato reforzó las reglas de conducta de su familia y decretó un sano distanciamiento para evitar con ello la influencia de los fuereños, pero como suele suceder en este tipo de casos, los seres humanos siempre buscamos la manera de satisfacer nuestro espíritu gregario y fue así como al poco tiempo los dos clanes realizábamos actividades comunes.
En lo que a mi persona respecta, me hice amigo de los muchachos y respeté por un tiempo los límites que me impedían relacionarme con las hijas de Don Aristeo; más quiso la fuerza del destino que empezara a fijarme en las hermosas doncellas, pero no sabía cómo conducirme para acercarme a ellas sin tener que recibir una llamada de atención, lo intenté por el lado de los hermanos, pero ellos, todo lo tomaban en broma.
Me llamaba la atención, que algunos otros vecinos de edad y con mayor antigüedad en la cuadra, sí tenían autorización de acercarse a la puerta de entrada de la vivienda de la familia Rodríguez González y casi de inmediato me hice amigo de ellos, para ganarme los mismos derechos, pero parecía que había que tomar turno para poder sentarse en el escalón de la puerta, junto a una de las damas en mención, pues era tan angosta la entrada que sólo cabían dos personas.
Poco tiempo después, me enteré por los amigos, que una de ellas coleccionaba moneditas de plata, de las de diez y cinco centavos, y que ellos, con el pretexto de llevarles algunos ejemplares, podían estar más tiempo platicando; por lo que de pronto me volví coleccionista y puse a trabajar a toda mi familia (10 hermanos) para hacerme lo más pronto posible del mayor número de monedas.
Me percaté de que aquellos, a los que empezaba a ver como rivales, en una sola visita le entregaban a la bella coleccionista todo lo que habían recabado en una semana, por lo que limitaba su intervención para el cortejo a solamente una vez por semana; se me ocurrió entonces, empezar la entrega de lo que yo había recabado en forma unitaria, así podría estar todos los días de la semana ocupando aquel espacio; así lo hice y logré por ello captar la atención de aquella mujer, que para entonces me tenía cautivado.
Mis amigos del barrio que tenían la misma intensión de noviazgo con aquella dama, me acusaron de ser un oportunista y después de tratar de desacreditar a la muchacha con el calificativo de coqueta, me amenazaron con la pérdida de la amistad si no renunciaba a mi interés por ella, pero para entonces, ya había tomado yo la decisión de llevar mis intenciones hasta lograr buen intencionado propósito.
Perdí temporalmente la amistad de mis amigos, pero logré conquistar a la doncella, y poco tiempo después, tendría que intentar vencer la resistencia de Don Aristeo, que, por cierto, terminó por ser mi suegro y uno de mis mejores amigos.
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