El hidrógeno viaja disfrazado de amoniaco

Cómo un fertilizante podría convertirse en el combustible oculto de la transición energética

2026-06-26

Héctor Hugo Riojas González (*)

TECNO.jpeg

Mientras el mundo busca alternativas a los combustibles fósiles, científicos e ingenieros exploran como el amoníaco podría convertirse en el gran transportador del hidrógeno y acelerar la transición energética global.

Durante años, el futuro energético pareció depender de gigantescas hidrogeneras, vehículos impulsados por celdas de combustible y complejos sistemas criogénicos distribuidos por todo el planeta. 

Sin embargo, la primera gran revolución del hidrógeno podría llegar de una manera mucho menos visible: dentro de barcos cargados de amoníaco navegando silenciosamente entre continentes.

El escenario parece contradictorio. El amoniaco ha sido durante décadas uno de los compuestos químicos más asociados a la agricultura industrial. Millones de toneladas se producen cada año para fabricar fertilizantes, refrigerantes y productos químicos. Pero ahora, ese mismo compuesto comienza a aparecer en laboratorios, puertos marítimos y centros de investigación energética como una de las piezas más prometedoras de la futura economía del hidrógeno.

La razón es sencilla y, al mismo tiempo, sorprendente: el hidrógeno podría viajar “oculto” dentro del amoníaco.

El problema nunca ha sido únicamente producir hidrógeno. El verdadero desafío ha sido almacenarlo y moverlo alrededor del mundo de manera segura, económica y eficiente. Aunque el hidrógeno posee una enorme capacidad energética y durante su uso no genera emisiones directas de dióxido de carbono, también presenta una dificultad fundamental: ocupa demasiado espacio.

Su densidad volumétrica es extremadamente baja. Para transportarlo, normalmente debe comprimirse a altas presiones o mantenerse en estado líquido a temperaturas criogénicas cercanas a los -253 grados centígrados. Ambas opciones requieren infraestructura costosa, elevados consumos energéticos y estrictos sistemas de seguridad.

La paradoja resulta evidente: el combustible destinado a transformar el planeta todavía tiene dificultades incluso para desplazarse de un lugar a otro.

Y es justamente ahí donde el amoníaco entra en escena.

A diferencia del hidrógeno gaseoso, el amoniaco puede almacenarse y transportarse con relativa facilidad. Se licúa a temperaturas moderadas, requiere menores presiones y ya existe una infraestructura global capaz de moverlo por barcos, ductos y terminales industriales. Durante décadas, la industria química construyó sin proponérselo la red logística que ahora podría utilizar la economía del hidrógeno.

Pero la ventaja más importante se encuentra en su composición química.

El amoníaco posee una enorme capacidad para almacenar hidrógeno en poco volumen. Esa característica lo convierte en uno de los candidatos más atractivos para transportar energía limpia a gran escala.

Eso transforma al amoníaco en una especie de “contenedor químico” del hidrógeno.

La idea comienza entonces a adquirir una enorme relevancia estratégica: en lugar de transportar hidrógeno puro, el mundo podría mover amoníaco y posteriormente liberar el hidrógeno allí donde sea necesario.

Esta posibilidad ha comenzado a atraer la atención de gobiernos e industrias energéticas de todo el mundo. Países como Japón, Australia y varias economías europeas ya exploran cadenas de suministro basadas en amoniaco verde para facilitar el comercio internacional de hidrógeno, con el objetivo de acelerar la descarbonización y fortalecer la seguridad energética en un contexto de creciente demanda de combustibles limpios.

El proceso se conoce como craqueo de amoníaco. Mediante calor y catalizadores especializados, el NH3 (amoníaco) puede separarse en nitrógeno e hidrógeno.

La reacción parece simple sobre el papel, pero detrás de ella se desarrolla una intensa carrera tecnológica. Laboratorios de distintos países trabajan actualmente en reactores catalíticos capaces de descomponer amoníaco de forma más rápida, eficiente y segura.

La meta es ambiciosa: producir hidrógeno directamente dentro del propio vehículo o embarcación.

En lugar de transportar enormes tanques de hidrógeno comprimido, un barco o un motor podría almacenar únicamente amoniaco líquido y generar hidrógeno bajo demanda mientras opera. Diversos estudios experimentales ya han demostrado la viabilidad de integrar sistemas de craqueo en motores de combustión interna y plataformas móviles.

La escena empieza a parecer salida de la ciencia ficción industrial.

Barcos capaces de producir su propio combustible limpio en medio del océano.

Y precisamente el sector marítimo podría convertirse en el gran laboratorio mundial de esta transición energética.

El transporte marítimo internacional representa una parte importante de las emisiones globales de dióxido de carbono. Reducir el impacto ambiental de miles de embarcaciones que cruzan diariamente los océanos se ha convertido en uno de los principales desafíos energéticos del siglo XXI.

En ese contexto, el amoníaco ofrece una ventaja que pocos combustibles alternativos poseen: puede aprovechar gran parte de la infraestructura portuaria y logística ya existente. Esta ventaja ha impulsado diversos proyectos piloto orientados al transporte marítimo sostenible. Algunas iniciativas internacionales ya evalúan el uso de amoníaco como combustible marítimo o como portador energético para rutas comerciales de larga distancia, especialmente en sectores donde la electrificación directa continúa siendo técnicamente compleja.

Algunos proyectos de investigación incluso exploran sistemas híbridos donde los barcos no solo transporten amoniaco, sino que además produzcan hidrógeno a bordo mediante reactores alimentados con energía solar concentrada y sistemas de recuperación térmica.

La embarcación dejaría de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en una plataforma energética móvil.

La imagen resume buena parte de la transición energética contemporánea: enormes buques atravesando el planeta mientras transportan, transforman y generan combustible limpio durante el trayecto.

Por supuesto, todavía existen numerosos desafíos técnicos. El amoníaco continúa siendo un compuesto tóxico y corrosivo. Los sistemas de descomposición requieren altas eficiencias catalíticas y cantidades importantes de energía térmica. Además, la producción de amoníaco verdaderamente “verde” todavía depende del crecimiento masivo de energías renovables.

Sin embargo, para muchos investigadores el objetivo inmediato no consiste en reemplazar completamente al hidrógeno, sino en encontrar una vía intermedia que permita acelerar su adopción global.

Y en esa búsqueda, el amoníaco comienza a ocupar un lugar inesperadamente central.

Tal vez la economía del hidrógeno no comience con gigantescas redes de hidrógeno ni con estaciones futuristas distribuidas por las ciudades. Es posible que el primer gran paso ocurra de manera mucho más silenciosa: en puertos industriales, sobre rutas marítimas internacionales y dentro de barcos cargados de amoniaco que, sin llamar demasiado la atención, transporten en su interior el combustible limpio del futuro.

Si esta estrategia logra consolidarse, el amoníaco podría convertirse en uno de los grandes habilitadores de la transición energética global. Más allá de la ingeniería, su principal fortaleza radica en aprovechar una infraestructura que ya existe para resolver uno de los mayores desafíos del hidrógeno: su transporte a gran escala. En ocasiones, las transformaciones energéticas más profundas no llegan mediante tecnologías completamente nuevas, sino reutilizando de forma inteligente aquellas que el mundo ya tiene frente a sus ojos.

FOTOGRAFÍA: Unidad de purificación de Hidrógeno dentro de la refineria Olmeca Dos Bocas (Pemex)

(*) SOBRE EL AUTOR
Dr. Héctor Hugo Riojas González
Profesor Investigador
Universidad Politécnica de Victoria
Ciudad Victoria, Tamaulipas, México
hriojasg@upv.edu.mx
Ingeniero Industrial por la Universidad de Guadalajara (1998), Maestro en Ingeniería (2002), Doctor por la Universidad de Alcalá, España (2005) y Doctor por el Instituto Tecnológico de Sonora (2011). Su actividad profesional y académica se ha desarrollado en las áreas de energía, materiales avanzados, mantenimiento industrial, gestión tecnológica y tecnologías del hidrógeno. Ha impartido cursos, seminarios y conferencias en diversas instituciones nacionales e internacionales, participando activamente en proyectos relacionados con innovación tecnológica, sostenibilidad energética y desarrollo industrial.

Derechos Reservados © La Capital
twittear