Miguel Hernández…grande y efÃmero
/
2012-08-30
/
2012-08-30
A los 31 años de edad, Miguel Hernández, el joven poeta español nacido en Orihuela, Alicante, España, murió víctima de una terrible tuberculosis adquirida en un largo peregrinar por varias cárceles de la madre Patria.
A pesar de ser un simple cuidador de cabras en su niñez, lee y se adentra en las letras. La avidez por el conocimiento le incitan a estudiar por sí mismo y los temas que sus amigos le presentan le provocan dedicarse a la lectura de la poesía y la producción literaria no tarda en aparecer.
La humildad de su origen concatenado con el potencial artístico producen una poesía social y comprometida con su entorno. Es casi en la pubertad, donde escribe Plenilunio, en su primera obra. Perito de luna, donde el elogia al satélite se hace manifiesto. “Puesta en la mejor práctica estás, luna. Ay, si. No hay que agregarle ya por pena a tu suma de luz, cifra ninguna, mixta en todo de blanca y de morena. Más cuando la siguiente se reúna a seis albas más dos te restan plenas, primero en cueros desde medio arriba y negra; luego, ya definitiva”.
Su mentor, Ramón Sijé, poeta de su región, le promovió y forjó el carácter de poeta. De tal forma, le inspira a conquistar la capital; Madrid, y acude a ella con la finalidad de presentar sus primeros poemas. Pero la vida y desarrollo de un poeta, está intrínsecamente relacionada con la carencias pecuniarias, por lo que regresa a Orihuela con la derrota a cuestas.
Conoce a Rafael Albertí y a Pablo Neruda, quien le modifica el sentido eclesiástico de la escritura y lo centra el lo secular. Es incluso en el estudio del Marxismo donde adquiere el compromiso social hacia los desposeídos.
Pero es en el contacto con la naturaleza que le empuja a ser tema central sin omitir su referencia a los toros. En un sentido emblemático, es la fuerza y virilidad de ese animal quien le inspira a escribirle: “Como toro, he nacido para el luto y el dolor. Como toro estoy marcado por un hierro infernal a mi costado y por varón en la ingle como un fruto”.
El amor, la muerte y el la cotidianidad son temas repetidos. El amor con desapego a la pasión y imbuido en la cordialidad de la relación sentimental, habrá de ser infusión indisoluble. Su esposa Josefina Manresa, con quien se casa en un paréntesis entre los horrores de la guerra civil española, le infundirá determinación y valor para seguir en el camino de las letras. De esta manera, escribe el poema Canción al esposo soldado: “He poblado tu vientre de amor y sementera, he prolongado el eco de sangre a que respondo y espero en el surco como el arado espera: he llegado hasta el fondo”.
Pero es la vida, en su manifestación más cruel, que le hace perder a un hijo producto del amor con Josefina. Entonces, le canta a los dos, en un intento de revivir la permanencia del recuerdo y en la sobredosis de la entrega le indica al final: “Para el hijo será la paz que estoy forjando. Y al final de un océano de irremediables huesos tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos”.
Y a ella, a Josefina, le dedica varios versos repletos de un reconcomio que le profesa por compartir solidariamente el sufrir de la guerra y bien lo manifiesta en el poema La Boca: “Boca que arrastra mi boca, boca que me has arrastrado: boca que vienes de lejos a iluminarme de rayos.
La muerte de su mentor, Rafael Sijé, le motivaría una de las pocas Elegías que escribe. Y es así, como envuelto en la pena, de escribe el Elegía: “Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano”. Y sin conmiseración, comparte el dolor al final de las fragmentos: “A las aladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.
Al estallar la guerra civil española. Miguel Hernández se define al lado de la república. En un intento por contener a los militares franquistas, se aventura a extender la cultura entre las tropas. Considera que esparciendo el saber entre los soldados, habría de domesticarlos. Pero es el poema Vientos del pueblo, donde justifica su peregrinar entre la beligerante sociedad que lo envuelve: “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta”.
Hernández es el poeta que le canta a la guerra civil española. En ella encontró la muerte porque los enemigos lo persiguieron hasta encerrarlo y después vencerlo.
Pero es Miguel Hernández, el poeta de la guerra civil y también, contrariamente, de la poesía del amor.
Derechos Reservados © La Capital 2026