Grandeza

...lo grandioso que es para quienes nacimos alrededor de la mitad del siglo pasado, haber escrito una tesis de licenciatura con una máquina Olivetti, la de maestría con otra eléctrica, la de doctorado con una computadora de escritorio de la primera generación, y, ahora, cuando mi vacilante memoria me traiciona al no recordar una fecha, un nombre o un acontecimiento importante mientras escribo esto, acudo a la inteligencia artificial.

2026-08-02

Felipe San Martín

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     De cuando niño caí en la cuenta de que en mi entorno había grandeza. Desde entonces no he perdido la capacidad de asombrarme al constatar que existen personas y cosas, materiales o naturales, que exceden mis aptitudes y habilidades. Cuando tenía 5 años solía jugar en el solar trasero de mi casa. A esa parcela de tierra mal chapeada la separaba una cerca de postes de madera, de un monte con restos de vegetación original. En uno de los postes descubrí en un agujero dos polluelos desplumados, los cuales, gracias a mi paciencia y escondido por horas tras una pila de bloques, supe que eran los hijos de una pájara carpintera. En cuanto a los restos de vegetación original, me asombraba un gran árbol del que pendían, como adornos, unas bolsas de material vegetal seco parecidas a las criadillas de un toro: recapitulando ahora, supongo eran nidos de alguna calandria u oropéndola. Mirar aquello me fascinaba y estoy cierto que despertó mi proclividad hacia las ciencias biológicas.

    Traspasaba la cerca de alambre de púas reptando y no me erguía; continuaba por unos túneles circularmente perfectos, hechos, supongo, por conejos o liebres, de material vegetal seco. Aquello me remontaba a una aventura personalísima donde me escondía de alguien o algunos para protegerme de situaciones inconvenientes: eso pensaba mientras anhelaba ver al arquitecto de mi paseo herbáceo, mismo que nunca vi pero asumo que eran lagomorfos a juzgar por un dibujo que vi en uno de los tantos tomos de la enciclopedia Epasa-Calpe que hojeé 8 o 10 años después en el hogar.

     La escuela. No olvidaré al maestro de primero de primaria de nombre Eulogio García Pérez. Al fondo del salón, sobre una mesa de madera, se desplegaba una colección de minerales: los colores de aquellas piedras aún reverberan en mi mente como si los hubiera disfrutado hace unos minutos. También reconocí, no solo en la primaria, sino también en la universidad, que tenía compañeros y compañeras que obtenían mejores calificaciones que yo. En algunos casos tuve que aceptar que eran grandes y hasta hoy los admiro.

     La música. Cuando tenía 6 años, escuché una canción al pasar por una casa. La melodía me atrapó de inmediato; lo que escuchaba me dejó atónito. Era una pieza que no se ajustaba al molde de los géneros que hasta entonces había escuchado: música cubana, son montuno, que mi padre escuchaba siempre en casa, a la par de Agustín Lara. Aquello era totalmente desconocido y delicioso: los Beatles interpretando "Love Me Do". Desde entonces, veo grandeza en los músicos de rock y blues, a pesar de mi sordera musical. A la fecha, estoy seguro de que sentiré la misma tristeza por los decesos de Leonard Cohen, Joe Cocker, Robbie Robertson y Charlie Watts, si pasan por ese trance Dylan, Jagger, Clapton, King o Gilmour, pero sobre todo Dylan: no sé qué sentiré, pero será penoso tener la certeza de que ese portento de ser humano ya no estará entre los vivos. Si hay cielo, estoy cierto seguirá haciendo música aderezada de poesía y realidad mundana: eso espero si después caigo por allí como se supone haremos los que fuimos bautizados, hicimos la primera comunión, nos confirmaron y matrimonió un clérigo en una iglesia católica.

     La poesía. No es el género literario que más me mueve: en la novela o el ensayo sociológico asumo grandeza en ciertos autores. Pero leer el Canto General o los 20 Versos de Amor y Una Canción Desesperada de Pablo Neruda, me transporta a una alegría nostálgica y un poco triste por la distancia que media entre mis 17 y casi 70 años de existencia. Algunos poemas de Nicolás Guillén me sobrecogen por la cadencia, el ritmo, la sensualidad y el sentimiento de rebeldía: tal es el caso de Madrigal 2 en Sóngoro Cosongo, i.e.: "Sencilla y vertical, como una caña en el cañaveral. Oh retadora del furor genital: tu andar fabrica para el espasmo gritador espuma equina entre tus muslos de metal." Sin olvidar a Mario Benedetti, Stéphane Mallarmé, Vladímir Mayakovski, Arthur Rimbaud y Walt Whitman. De éste último, en Leaves of Grass (Hojas de hierba) hay un poema sobrecogedor dedicado a los animales: uno solo asimila aquello reconociendo a su autor como algo con más corazón que pecho.

     La novela. Indecible placer: el transporte a realidades insólitas se traduce para mí en leer a Nathaniel Hawthorne, quien, equiparable a Poe, nos presentó un mundo aparentemente desaparecido pero vigente en el pensamiento de derecha: me refiero a La Mancha Escarlata, donde transforma sus propias obsesiones y culpas en letras imperecederas: Y los ensayos de Michael Ende, cuyos asertos sobre la pérdida de la imaginación, el consumismo, la soledad y la búsqueda de la propia identidad siempre me dejan perplejo.

     En otra entrega seguiré adelantando lo que siento como grandeza al leer En Busca Del Tiempo Perdido de Marcel Proust y a otros literatos como García Márquez o Borges. Y lo grandioso que es para quienes nacimos alrededor de la mitad del siglo pasado, haber escrito una tesis de licenciatura con una máquina Olivetti, la de maestría con otra eléctrica, la de doctorado con una computadora de escritorio de la primera generación, y, ahora, cuando mi vacilante memoria me traiciona al no recordar una fecha, un nombre o un acontecimiento importante mientras escribo esto, acudo a la inteligencia artificial.

AUTOR DE FOTOGRAFÍA | Felipe San Martín

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