El día y la noche de la ingeniería agronómica

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2023-02-22

Liborio Méndez Zúñiga

Un 22 de febrero se colocan los cimientos de la carrera de Ingeniero Agrónomo, a principios del siglo pasado, surgen las primeras escuelas y los profesionistas inscriben su huella en el México posrevolucionario siendo actores protagonistas de las instituciones de fomento del campo mexicano. Media centuria serán días de gloria para esta profesión, cuyos egresados vivieron la suerte de ser técnicos del Estado mexicano, cuyos cuadros más destacados ocuparon no solo las secretarías de estado sino también gobiernos locales.  

Miles de agrónomos y agrónomas engrosaron las nóminas públicas del extensionismo rural, el crédito, aseguramiento, provisión de semillas y pesticidas, con una cobertura significativa de los distritos de riego y en menor medida de temporal. El trigo mexicano de la Revolución Verde se hizo famoso por paliar hambrunas y le valió un premio nobel a Norman Bourlag. 

Pero a los festivos Días del Agrónomo llegarían las noches de la quiebra del Milagro mexicano en los años setenta, cuando los gobiernos de la época decidieron extinguir el sistema del extensionismo y modificar el 27 Constitucional para liberar las tierras ejidales al capital. Aún hubo un intento de rescate con el Sistema Alimentario Mexicano en los años ochenta, pero fue llamarada de petate. 

Como profesión de estado, el gremio de la Federación Agronómica se afilió a la CNC, y viento en popa siguió la predica “que sólo los caminos queden sin sembrar”, en el sexenio de las guayaberas que despidió a un secretario de agricultura, el Doctor Oscar Brauer por su dicho de que los campesinos estaban organizados para votar, pero no para producir. Mató dos pájaros de un tiro. Con el tiempo, la profesión perdió matricula en las escuelas de agronomía, que había en todos los estados, y los egresados pasaron a las filas del subempleo y el desempleo, lo cual se reconoció en Tamaulipas por trabajadores de la Reforma Agraria, formando un Frente de Agrónomos Desempleados.  

En la parte de ciencia agronómica, cuyos baluartes han sido la Universidad Autónoma de Chapingo, Colegio de Postgraduados, Escuela Antonio Narro y el INIFAP, uno de sus mejores talentos alguna vez dijo en el Congreso de la Unión, que, solamente vinculando las capacidades institucionales de la UNAM, el IPN y Chapingo, podría armarse un sistema robusto de la ciencia y tecnología que demandaba el rescate del campo mexicano. Mis respetos al Dr. Jesús Moncada de la Fuente, pero no hubo respuesta a su llamado. 

Sin embargo, el ejercicio profesional del gremio no escapó a la negra noche de la corrupción, subordinando su quehacer a la militancia en el partido de estado, y no obstante tener economistas de la talla de un Edmundo Flores y expertos en desarrollo rural, no pudieron atajar el tsunami del neoliberalismo, aunque no pocos lo anticiparon y tuvieron iniciativas alternativas sin ser políticas públicas, como sí lo fueron el Plan Benito Juárez, Programa de Inversiones para el Desarrollo Rural (PIDER), Programa Nacional de Desarrollo Rural Integral (PRONADRI), que resultaron paliativos pero no la Gran Solución.  

La consigna del estado obeso y corrupto desmanteló el aparato institucional del campo mexicano, tipificado por el dualismo de los productores, donde los distritos de riego llevaron mano a la hora de la tecnificación y de la formación de técnicos e ingenieros, con una cultura de dependencia de los EEUU, que invadieron de semillas híbridas el país, en menoscabo de la agricultura campesina que usaba criollos y variedades mejoradas por genetistas mexicanos conscientes de valía. En Tamaulipas el maíz Llera III y el Breve de Padilla, así como el H 412 en la zona norte, cuando existía la Productora Nacional de Semillas (PRONASE). 

Por el lado académico, los investigadores con posgrado formaron las sociedades científicas por disciplina, algunas muy exitosas manteniendo sus congresos para intercambiar avances de la ciencia agronómica. En los años cuarenta ello propició la creación del Colegio de Ingenieros Agrónomos de México, A. C., con sedes delegacionales en los estados. Recientemente, se ha conformado la Federación de Colegio estatales, con una agenda colegiada para escalar sus objetivos. En Tamaulipas se ha ganado experiencia con tres colegios regionales, en las zonas, norte, centro y sur.  

Esta breve reflexión es para recordar lo que pudo ser y no fue, en tanto México renunció a un contrato social de desarrollo agrario y optó por la firma de tratados leoninos de comercio que nos imponen la venta de granos alimentarios, provenientes de agricultores subsidiados a los cuales les pagan incluso por no sembrar cuando llenan los mercados de países dependientes. 

Y la conclusión es trágica: más cornadas da el progreso. 

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