Una carta posfechada para Cristina

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2025-08-22

Liborio Méndez Zúñiga

Este texto lo escribí cuando se presentó el libro “Autobiografía del algodón”, de la autoría de Cristina Rivera Garza, libro que después leí, fascinado por su contenido y también con el cargo de conciencia por darme cuenta tarde de la historia primigenia de los colonos fundadores del Poblado Anáhuac, Tamaulipas, entre ellos mis abuelos.

Supe de la escritura literaria de Rivera Garza por otra obra, “Había mucha neblina o humo o no sé qué”, con la aventura de Juan Rulfo como vendedor de llantas Euzkadi por los caminos de México. Luego procuré seguir sus artículos en Milenio. En mis charlas con mi primo Pedro Benavidez Zúñiga, supe de algunos datos de los familiares de Cristina, en especial de su padre, don Cristino Rivera, que le heredó su nombre a la hija.

En otro artículo intenté una reseña sobre La autobiografía del algodón, y no lo repito, se puede leer en La Capital, expresión de la capital www.lacapital.com.mx, en Desde el retiro. Subrayo que me impresionó la ardua investigación de fuentes escritas y la recreación del contexto para identificar las conexiones de la trashumancia de sus abuelos y padres, ya que Cristina explora los reinos mineral, vegetal y animal. Es decir, el libro profundiza en la dimensión humana del espacio de los migrantes, a causa de la sequía y el desierto, la dimensión del territorio y los andares de la gente, y se explicita que la hazaña no es solo de los hombres, la sufren también las mujeres y niños.

Esta vez solo quiero recordar una historia personal del éxito y fracaso del algodonero, que no aborda Cristina en su libro, pero que, sí vivimos los descendientes de los colonos fundadores del Poblado Anáhuac, luego parte del municipio de Valle Hermosos. La aventura de la agricultura de riego en los años cincuenta tuvo sus avatares y no duraría ni dos décadas. La debacle del llamado Oro blanco ocurrió debido a la caída de los precios del cultivo y por no competir con la invasión del plástico a los mercados. Sin embargo, también subieron los costos de producción por los plaguicidas y fertilizantes requeridos, y la falta de la ciencia agronómica para controlar famosa Pudrición Texana del algodonero. 

Otro factor en contra de los agricultores fue recibir lotes mal desmontados, dejando raíces ocultas de los árboles mal desenraizados que impedían labores agricolas de las parcelas, teniendo que desenraizar a mano, con retraso en las primeras siembras y adeudo adicional ante el banco de crédito agrícola. Es decir, la causa de deudas impagables y por tanto la quiebra de muchos agricultores pequeños y medianos.

De ese tamaño es nuestra desmemoria de los pioneros, de nuestros progenitores, desde antes de la Conquista, de los pueblos originarios del septentrión. Y aquí destaco que sentí tener una deuda con la colonia Agrícola Anáhuac, para leer más y animarme a escribir las historias de la patria chica, por descender de colonos repatriados en la época del reparto agrario del cardenismo y la política hidráulica de los grandes distritos de riego en el norte de Tamaulipas, que nunca han podido superar el monocultivo de granos, en tiempos actuales también en crisis, ahora por falta del recurso agua para regar las plantaciones. 

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