Con las botas puestas
DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga
2026-04-04
DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga
2026-04-04
El hombre hace lo que sabe hacer y no hay mejor destino que el camino de la vida. Esa frase no la escuchamos de niños o jóvenes y menos la decimos, la frase la aquilatamos cuando conquistamos la tercera edad, con la experiencia deviene la sabiduría del sentido común, ese que debiera estar presente en todo ser humano, cuando empieza a vivir con la mayoría de edad y la disciplina de los mayores como nos enseñaron los abuelos y los bisabuelos: se vive cuando cada uno toma decisiones a veces bien pensadas y otras con el mazo dando y a Dios rogando. Esta y otras cavilaciones van llegando con las canas y caídas y tropiezos del caminar.
Don Orfelio Ferretiz Morales (QEPD), originario de la Tierra de Dios, Villa de Gómez Farías, Tamaulipas, se afincó en Joya de Indios a principios del siglo pasado, casó a temprana edad y tuvo varios hijos, mujeres y hombres; él mismo se hizo hombre de trabajo a principios del siglo XX, al pie de la montaña, casi en los tiempos del reparto agrario cardenista y el agrarismo de Emilio Portes Gil. Sobrevivir en el medio rural fue gracias a la cultura del esfuerzo que templó su carácter, emulando los quehaceres y saberes de sus ancestros, por supuesto con una esposa que dio noble crianza a sus hijos con una meta: la vida buena en la huasteca tamaulipeca.
Con estos piensos en mente, todos los días don Orfelio se levantaba al clarear el alba y con el sombrero a media cabeza, el guaje de agua y su machete bien afilado, se encaminaba a la parcela en su afán cotidiano de producir maíz y frijol y a veces calabaza. Además, se dio tiempo para cultivar nopal y llegó a tener una centena de árboles frutales de mango.
En sus ratos de descanso en la jornada, al pie de su árbol favorito, un robusto cedro, hacía el recuento de sus recuerdos y vivencias. Pronto alcanzaría las siete décadas, ya era abuelo, pero empezaba a sentir achaques y la diaria faena lo cansaba; no era para asustarse con cualquier dolor, decía él hombre, con un carácter curtido por el Sol, que gustaba más de las plantas medicinales y no hacer cama. Rehuía de visitar a los médicos y las ciudades, aunque su origen estaba en otro estado, él era hombre de un solo pueblo y una sola comunidad, nunca tuvo pasaporte, era de los hombres que había cumplido con el servicio militar y siempre portaba su cartilla liberada.
Sus hijos recuerdan que gustaba de ver la lucha libre y el box, y también gustaba de ver los partidos de futbol del pueblo. Aunque la edad se le vino encima, pudo ver crecer a sus hijos y formó una familia, y el hombre siguió fiel a su vida de campesino, hasta el final de sus días, que terminó su existencia en la vereda rumbo a su parcela.
Con el tiempo no tuvo más remedio que tramitar su credencial de elector para poder cumplir con el deber cívico de votar en las elecciones, aunque nunca fue militante de ningún partido. Su sino fue la vida rural de tiempo completo, su afán constante fue hacer producir la parcela en el paraíso de naturaleza que fue su residencia en la Tierra, hasta el fin de sus días. Cuando llegó al final del viaje, don Orfelio traía sus botas puestas, listo para cruzar los dinteles de la Gloria: Amó y fue amado, ¡¡¡descanse en paz!!!
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