Intervencionistas atacan de nuevo

TELEFÉRICO / Casimiro Basoria

2026-05-05

Casimiro Basoria

El discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum en el 164 aniversario de la Batalla de Puebla no fue solo evocación histórica. Fue una pieza política cuidadosamente construida para responder a un entorno internacional y doméstico marcado por presiones externas, provocaciones calculadas y la reactivación de viejas pulsiones intervencionistas que México conoce demasiado bien. La mandataria utilizó la memoria del 5 de mayo —ese episodio donde un ejército popular derrotó al poderío francés— para trazar una línea nítida entre su proyecto de gobierno y las fuerzas que, desde dentro y desde fuera, buscan erosionar la soberanía mexicana.

El contexto es enorme. En Estados Unidos, Donald Trump atraviesa un ciclo electoral en el que cada descenso en las encuestas lo empuja a recurrir a un recurso tan viejo como efectivo: usar a México como chivo expiatorio para recuperar popularidad. La retórica antiinmigrante, las amenazas de aranceles y la insinuación constante de que nuestro país es responsable de sus problemas internos forman parte de una estrategia que se reactiva cada vez que el republicano necesita galvanizar a su base. En ese clima, cualquier gesto desde México se interpreta —o se manipula— como combustible para la campaña trumpista.

A esa presión se suma la visita de Isabel Díaz Ayuso, figura emblemática de la ultraderecha española, quien llegó al país para cumplir una agenda de más de una semana de actividades no oficiales. Su presencia no es casual. Ayuso ha construido un discurso que combina provocación, revisionismo histórico y una defensa abierta de proyectos políticos alineados con el trumpismo norteamericano. Su paso por México tiene dos objetivos evidentes: provocar al gobierno federal y a sectores sociales afines, y fortalecer a los grupos locales que simpatizan con la injerencia extranjera. No sorprende que su narrativa —abiertamente discriminatoria, supremacista y confrontativa— sea tan extrema que ni el PAN, el partido que podría considerarse su contraparte ideológica, quiere ser asociado con ella, al menos por ahora. El panismo entiende que en México ese tipo de discurso tiene una reputación tóxica y un costo político que los albiazules, hoy, no quieren pagar.

En ese escenario, el discurso de Sheinbaum encontró terreno fértil. La presidenta reconstruyó con detalle las invasiones del siglo XIX para subrayar un patrón histórico: las potencias siempre justificaron sus agresiones con argumentos jurídicos fabricados desde la perspectiva del invasor. Esa revisión no fue un ejercicio académico, sino un mensaje directo a sus afines: México ha enfrentado presiones externas antes y las enfrenta ahora; enfatizando la capacidad del pueblo para resistirlas.

Sheinbaum también recuperó el papel de los conservadores del siglo XIX, quienes celebraron la llegada del ejército francés y pidieron a Napoleón III que enviara un príncipe europeo para gobernar México. Esa referencia histórica funcionó como espejo del presente: quienes hoy aplauden a televisoras extranjeras cuando atacan al país, quienes buscan validación fuera porque no la encuentran dentro, quienes defienden agendas ajenas a los intereses nacionales, reproducen la misma lógica de subordinación que en el pasado intentaron imponer monarquías extranjeras.

La mandataria contrastó esa actitud con el heroísmo popular de 1862. Al citar las palabras de Ignacio Zaragoza —“vais a pelear por la patria”, “veo en vuestra frente la victoria y la fe”— Sheinbaum reivindicó la idea de que la defensa de México ha sido siempre obra del pueblo, no de las élites. Ese énfasis es acorde con la coyuntura actual: en un momento en que la extrema derecha internacional intenta influir en la política mexicana, la presidenta se coloca deliberadamente del lado de la tradición republicana, liberal e independentista.

Por eso su mensaje fue celebrado por la mayoría de quienes lo escucharon. Porque, en un entorno donde Trump presiona, Ayuso provoca y ciertos grupos internos coquetean con agendas extranjeras, Sheinbaum ofreció un discurso que marcó con claridad la diferencia entre su proyecto —anclado en la soberanía, la independencia y el compromiso con el pueblo— y la extrema derecha que, en México y fuera de él, ha estado históricamente asociada con el atraso, la desigualdad y el empobrecimiento de las clases populares.

La Batalla de Puebla, en conclusión, no es un episodio del pasado: es una advertencia, un recordatorio y una brújula. Y en tiempos de presiones externas y provocaciones calculadas, la presidenta decidió convertirla en un mensaje político pleno de actualidad y como para recordar a los mexicanos que la historia siempre se repite.

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