Yo no fui, pero si quiere pégueme
DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga
2026-10-07
DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga
2026-10-07
En la añorada infancia, hay un episodio que atesoro en mis recuerdos, así sea uno de los más tristes de mi niñez. En el Rancho Guadalupe había un bebé que adoptaron mis padres por una temporada, hijo del mayordomo, la mitad del día la pasaba en mi casa en brazos de mi madre, a veces en los de mi padre o consentido por mi hermana.
Un día se me ocurre sentarlo en el cofre del camión K 7 International, sin darme cuenta de que el bebé tenía una corcholata en la mano, misma que empezó a usar como estilete sobre el parabrisas del camión, dejándole rayas imborrables al vidrio del lado del chofer, de lo cual no me di cuenta distraído por quién sabe qué cosa. Esas rayas apenas visibles, con el sol de frente eran una lata para los choferes.
Por la tarde, mi padre se dio cuenta del vidrio rayado, montó en cólera preguntando a gritos quien se había subido al cofre del K 7, no faltó alguien que me señaló con el dedo, y furioso el agricultor ofendido buscó un mecate, se dirigió a un barril con agua y lo mojó para cobrarse la afrenta en mi espalda infantil. Hay que recordar que a las mulas se les amansaba con una reata mojada.
Una vez que me tuvo a su merced, mi enfurecido progenitor me gritó si yo había rayado el parabrisas, yo petrificado pensé en echarle la culpa al niño infractor, pero me quedé en silencio, no sé cuánto tiempo duré callado, mientras mi padre se golpeaba con el mecate en su pierna y daba cada vez un paso hacia mí.
Mi madre apareció y sin decir palabra me miró fijamente y pareció decir me “aguanta, aguanta.” No olvido esa escena, era un día tranquilo, yo veía por una ventana de la habitación el huerto donde unas mujeres recolectaban el fruto de su trabajo; a los gritos paternos, se quedaron paradas mirando hacia mi casa, como esperando los cuartazos en mi cuerpo y oír mi llanto ante el castigo.
Aún no sé qué fuerza interior me animó a resistir y sostener la furiosa mirada de mi padre y casi sin respirar responderle a su acusación con un grito inédito que me salió del fondo de mi alma: “yo no fui, pero si quiere, pégueme”
Mi padre me miró sorprendido, soltó el mecate en silencio y sin decir palabra se dio la media vuelta y abandonó la habitación en donde ya solo estaba yo. Nunca en el resto de su vida volvió ni siquiera a amenazarme, la excepción fue algún manazo en la espalda, para que me apurara o atendiera alguna orden, pero jamás me golpeó, aunque si llegó el duro golpe perenne del día de su abandono.
Derechos Reservados © La Capital 2026