Dos visiones contrastadas
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-06-01
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-06-01
La política mexicana atraviesa un momento en el que las estrategias partidistas revelan más que los propios ataques. En Chihuahua, el PAN decidió reactivar a sus viejos prototipos para arropar a una gobernadora que, lejos de explicar su participación en un operativo con agentes extranjeros, se ha refugiado en el discurso de la persecución política.
En la Ciudad de México, en cambio, la presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por convertir la ofensiva en su contra en un ejercicio de reafirmación narrativa, apoyándose en resultados, movilización social y disciplina comunicativa. El contraste no podría ser más elocuente.
La escena en Chihuahua es sintomática de un partido que no ha logrado desprenderse de su pasado. La reaparición de Vicente Fox y Felipe Calderón en un evento cerrado para respaldar a Maru Campos —acorralada, en medio de acusaciones por la operación de agentes de la CIA sin autorización federal— exhibe una derecha que se aferra a figuras desgastadas para enfrentar una crisis que exige explicaciones, no nostalgias. En el mítin sabatino, solo faltó Genaro García Luna, uno de los fantasmas panistas y recordatorio incómodo de los vínculos que marcaron una época de corrupción y devastación institucional.
La dirigencia panista insiste en la narrativa de la persecución, mientras la gobernadora acusa a Morena de haber construido un “narcogobierno”. Pero este recurso ha sido utilizado sistemáticamente por el PAN para evadir responder a los delitos que se imputan a sus políticos, pensando que victimizándose recuperan simpatías. La movilización encabezada por un exfiscal involucrado en la operación irregular de agentes extranjeros no es una demostración de fuerza: es un intento desesperado por blindar a una mandataria que se niega a rendir cuentas.
En el extremo opuesto, el discurso de Claudia Sheinbaum ante miles de simpatizantes reunidos en lugares públicos del país, muestra una estrategia política distinta. Frente a una campaña sostenida de agresiones desde la derecha nacional e internacional, la presidenta no se parapeta en ficciones, sino que convierte la gestión en argumento. Cada ataque ha sido respondido con la exhibición de programas, cifras y testimonios, obligando a sus adversarios a disputar hechos y no consignas. La movilización territorial, replicada en plazas de 30 estados, no es solo un acto simbólico: es la demostración de que existe una base social dispuesta a defender un proyecto.
La coherencia comunicativa también marca una diferencia. Mientras el PAN reacciona con estridencia y acusaciones sin sustento, Sheinbaum mantiene un discurso centrado en honestidad, resultados y amor al pueblo, evitando que la agenda pública se desvíe hacia la reacción permanente.
La presidenta ha logrado transformar la agresión en oportunidad, aunque esta fortaleza comunicativa debe traducirse en eficacia institucional para que la narrativa no dependa solo del discurso, sino de la comprobación cotidiana.
El contraste revela dos modelos políticos: uno que se defiende del pasado y otro que intenta construir futuro; uno que se victimiza para evitar la rendición de cuentas y otro que convierte la rendición de cuentas en herramienta política; uno que se aferra a liderazgos cuestionados y otro que busca consolidar un proyecto mediante resultados verificables. En Chihuahua, la derecha sale a la calle por lo que ellos creen les conviene, pero lo hace desde la debilidad, sin proyecto y sin capacidad de explicar las irregularidades que los hunden. En Palacio Nacional, la presidenta responde a los ataques con evidencia, movilización y disciplina.
México observa, en suma, dos maneras de actuación política: la del PAN, que se atrinchera detrás de figuras del pasado para proteger a una gobernadora que no explica su relación con un operativo ilegal; y la de Sheinbaum, que convierte los embates en una oportunidad para apuntalar su legitimidad.
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