Fiesta desbordada
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-07-01
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-07-01
Las celebraciones mundialistas en México alcanzaron la noche del martes un punto de euforia que ya no puede describirse únicamente como fiesta colectiva. Lo ocurrido en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey durante los festejos por el triunfo de la Selección Mexicana de futbol revela un fenómeno que desbordó capacidades institucionales, rebasó protocolos y evidenció una cultura del festejo que, sin límites claros, termina convirtiendo la alegría en riesgo.
En CDMX, las muertes por asfixia en la colonia Juárez, confirmadas por la Secretaría de Salud capitalina, son el ejemplo más doloroso de cómo una multitud puede transformarse en una fuerza incontrolable capaz de aplastar vidas.
La propia jefa de Gobierno admitió, al señalar que no se trató de alcohol, sino de la cantidad de gente y de las aglomeraciones que se formaron después del partido, cuando miles decidieron acudir al Ángel aun con los llamados oficiales para evitarlo.
El testimonio de un reportero atrapado en el lugar de los hechos, quien aseguró que creyó que moriría ahí mismo, retrata con crudeza el momento en que la celebración se volvió estampida.
Guadalajara vivió su propia versión del caos: 48 detenidos, dos policías lesionados, destrozos y riñas que se desataron en la Minerva y en el centro histórico de la ciudad. El consumo libre de alcohol y el derribo de vallas en el Fan Fest de Plaza Liberación obligaron a la intervención de antimotines que apenas pudieron contener a la masa eufórica.
Monterrey, aunque reportó saldo blanco, enfrentó intentos de portazo, peleas y un sobrecupo evidente en el Parque Fundidora, donde más de 150 mil personas se congregaron. El gobierno estatal ya analiza abrir sedes alternas para evitar que la siguiente celebración termine en un episodio de riesgo mayor. Las autoridades de CDMX han ofrecido una nueva estrategia de seguridad para impedir que los fanáticos lleguen en un número mayor de que es deseable para efectos de seguridad.
Las tres ciudades han reportado multitudes que superan cualquier cálculo previo, consumo de alcohol que acelera el desorden, protocolos que se vuelven insuficientes ante flujos espontáneos y una violencia que aparece como subproducto inevitable de la saturación.
México no puede celebrar el mundial como si la fiesta fuera un derecho absoluto, sin límites físicos ni responsabilidad colectiva; cuando la celebración deja muertos, heridos y ciudades colapsadas, la fiesta pierde sentido y es momento de volver a la cordura.
La realidad nos dice que se necesita una estrategia nacional que descentralice los festejos, regule con rigor el consumo de alcohol en vía pública y promueva una cultura de autocuidado que hoy evidentemente no existe.
La pasión futbolera es parte de nuestra identidad, pero no puede seguir expresándose en estampidas, portazos y aglomeraciones que ponen en riesgo la vida de miles.
El mundial debe seguir celebrándose, pero no así. La fiesta necesita orden, límites y responsabilidad. De lo contrario, cada victoria podría convertirse en una tragedia anunciada.
cbasoria@gmail.com
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