Mentiras disfrazadas de verdades
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-06-05
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-06-05
En México se ha vuelto costumbre que ciertos sectores políticos y mediáticos utilicen la narrativa de las visas estadounidenses como arma electoral. Se trata de una estrategia tan burda como efectiva: insinuar que la cancelación o supuesta restricción de una visa equivale a una investigación criminal, a una sanción moral o incluso a una orden de aprehensión. Nada de eso es cierto. La visa es, simplemente, un documento de viajero cuya expedición o revocación depende exclusivamente del criterio administrativo de las autoridades del país que lo expide.
No es un certificado de buena conducta, ni su cancelación implica la existencia de un delito, ni convierte a nadie en prófugo de la justicia. Vincular ambos temas es una perversidad; difundirlo como verdad, sin pruebas ni fuentes responsables, es una deshonestidad mayor.
El reciente caso del gobernador de Tamaulipas, Américo Villarreal, es un ejemplo claro de cómo opera esta maquinaria dedicada a enrarecer el entorno ciudadano. Un reportaje de Los Angeles Times intentó instalar la idea de que el mandatario tamaulipeco y el de Sonora, Alfonso Durazo, estaban relacionados con actividades ilícitas y que sus visas habían sido retiradas. Villarreal respondió con contundencia: “Cuento con mi visa, no he recibido notificación alguna de cancelación, revocación o restricción por parte de autoridad estadounidense alguna”, y mostró su visa vigente, desmontando así una narrativa que había sido construida sin documentos, sin verificaciones y sin una sola autoridad que la respaldara. Su aclaración no solo desmintió la versión periodística, sino que exhibió la fragilidad de un relato que pretendía convertirse en verdad por repetición.
La postura del gobernador encontró respaldo en la Secretaría de Relaciones Exteriores. El canciller Roberto Velasco confirmó que no existe comunicación oficial ni extraoficial del gobierno de Estados Unidos sobre la supuesta cancelación de visas a Villarreal o a cualquier otro gobernador. Es decir, no hay expediente, no hay notificación, no hay fundamento. Lo que sí existe es una operación mediática que busca instalar sospechas sin evidencia, aprovechando la ignorancia deliberada que algunos actores fomentan sobre lo que realmente significa una visa.
De un tiempo a la fecha, políticos mexicanos alineados con el PAN y con sectores de la derecha internacional han recurrido a esta táctica con fines electorales. La fórmula es conocida: filtrar rumores, amplificarlos en redes, presentarlos como “información de fuentes confiables” y esperar que el daño reputacional sea irreversible antes de que la verdad pueda alcanzarlos.
El pecado de muchos políticos afectados por estas campañas ha sido no responder a tiempo, permitir que la insinuación se convierta en narrativa y que la narrativa se perciba como un “hecho” en la conversación pública.
En este caso, sin embargo, la reacción fue distinta. Villarreal no esperó a que el rumor creciera: salió, habló, mostró su visa y exigió pruebas. Esa decisión no solo desactivó la operación, sino que dejó en evidencia la falta de rigor de quienes orquestaron la versión.
Es preocupante que este tipo de maniobras se normalicen. La desinformación no es un accidente, es un negocio institucionalizado. Y cuando se utiliza para erosionar trayectorias públicas, para influir en procesos electorales o para manipular la percepción ciudadana, es dañina para la vida democrática. La crítica es legítima; la mentira disfrazada de filtración, no. La vigilancia del poder es necesaria; la fabricación de sospechas, no. La prensa tiene derecho a investigar; no tiene derecho a sustituir la evidencia con rumores.
El episodio de Tamaulipas deja una lección clara: la verdad puede defenderse, pero requiere firmeza, verdades documentadas y oportunidad. Y también deja una advertencia: mientras existan actores dispuestos a manipular todo tipo de temas para obtener ventajas personales, será indispensable exigir rigor, responsabilidad y pruebas. No hacerlo, es permitir que la mentira se siga arraigando y que distorsione la realidad cotidiana.
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