Propaganda disfrazada
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-06-03
TELEFÉRICO / Casimiro Basoria
2026-06-03
Hay momentos en que la conversación pública se ensordece, no por falta de datos, sino por exceso de ruido. Y pocas cosas generan más ruido que una acusación sin pruebas, amplificada por quienes controlan los grandes medios y redes sociales. El caso reciente de una publicación de Los Angeles Times, que atribuyó a las autoridades estadounidenses una supuesta investigación contra el gobernador Américo Villarreal, es un ejemplo preciso de cómo la información sin sustento puede distorsionar la realidad y, peor aún, moldearla en beneficio de quienes tienen acceso privilegiado a los aparatos de comunicación masiva.
Los posicionamientos difundidos por el Gobierno de Tamaulipas, por el propio gobernador y por Morena estatal coinciden en un punto esencial: no existe un solo documento, expediente, resolución o evidencia verificable que respalde lo publicado. El vocero Gerardo Algarín lo expresó con claridad: “no hay documentos, expedientes, resoluciones ni evidencia verificable que acredite lo publicado”. Y el gobernador fue aún más directo al afirmar que las acusaciones son “falsas, tendenciosas y carentes de cualquier evidencia”.
Publicar señalamientos sin sustento no solo erosiona la credibilidad periodística: altera la conversación pública, desplaza los hechos, instala sospechas y obliga a gobiernos e instituciones a defenderse de algo que no existe en el plano jurídico, sino únicamente en el mediático.
Cuando un medio con alcance internacional decide publicar acusaciones sin pruebas, no está informando: está interviniendo. Y esa intervención tiene efectos concretos. De un lado están quienes poseen plataformas capaces de fijar agenda global; del otro, las mayorías que carecen de esos instrumentos de poder y que reciben la información ya filtrada, ya interpretada, ya cargada de intención política.
La asimetría es evidente. Los medios dominantes pueden instalar una narrativa en cuestión de horas; desmontarla puede tomar semanas, cuando no meses. Y en ese lapso, la percepción pública ya fue moldeada. La verdad, en estos casos, no es lo que se demuestra, sino lo que se repite.
El gobernador Villarreal Anaya lo dijo con una frase que debería ser obvia, pero que hoy parece revolucionaria: “La verdad se acredita con hechos; las acusaciones se sostienen con pruebas”. Sin embargo, en un ecosistema mediático dominado por la velocidad y la competencia por el impacto, la prueba se ha vuelto secundaria. Lo que importa es la insinuación, el titular, la narrativa que se instala antes de que alguien pregunte por la evidencia.
Cabría preguntarse: ¿quién gana cuando la conversación pública se llena de ruido? No gana la ciudadanía, que queda atrapada entre versiones contradictorias. No gana la democracia, que requiere información verificable para funcionar. Ganan quienes pueden manipular la agenda mediática, quienes tienen acceso a plataformas capaces de convertir rumores en hechos consumados, quienes pueden moldear percepciones sin necesidad de presentar pruebas.
La verdad, en estos escenarios, queda sitiada. Y cuando la verdad es desplazada por narrativas sin sustento, lo que se debilita no es un gobierno en particular, sino la capacidad colectiva de distinguir entre hechos y ficciones.
Por eso este caso importa más allá de Tamaulipas. Importa porque revela una tendencia peligrosa: la sustitución de la evidencia por la insinuación, del rigor por la especulación, del periodismo por la propaganda disfrazada de investigación. Y mientras esa tendencia avance, las grandes mayorías seguirán siendo las más vulnerables, porque carecen de los instrumentos para contrarrestar el poder de quienes controlan la desinformación. Lo peor es que dicha tendencia hace tiempo que domina la escena global.
La defensa de la verdad es un acto de responsabilidad democrática y empieza por exigir lo mínimo: pruebas, documentos, hechos. Todo lo demás es ruido. Y el ruido, cuando se vuelve sistema, deja de informar para empezar a decidir e imponer.
La ciudadanía merece algo mejor que eso. Merece verdad, no versiones; hechos, no insinuaciones; periodismo, no propaganda disfrazada de noticia.
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