Pese a estridencias, se debe informar

TELEFÉRICO / Casimiro Basoria

2026-09-02

Casimiro Basoria

El arranque de septiembre trajo consigo el ritual de la rendición de cuentas, pero en el Congreso de la Unión lo que se vivió fue el choque frontal de narrativas. Por un lado, el bloque en el poder arropó con aplausos un Segundo Informe de Gobierno enfocado en consolidar una visión del país basado en su ideario; por el otro, las bancadas de oposición levantaron la voz denunciando "datos maquillados", aunque en el proceso cayeron frecuentemente en las mismas tácticas de simplificación y exageración que tanto critican.

La entrega del documento por parte de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, fue interpretada por la diputada panista Noemí Luna Ayala como un intento de "blindar" al Ejecutivo. Si bien es cierto que el formato actual limita el debate parlamentario directo con la presidenta, la reacción opositora pareció más una coreografía ensayada para capturar reflectores que un intento genuino por construir un contrapeso sólido.

En el plano económico, el diputado Jorge Triana Tena cuestionó el poder adquisitivo frente a la inflación y el peso de la informalidad. Aunque su reclamo resuena con la experiencia diaria de muchas familias, la crítica peca de parcialidad al ignorar deliberadamente los factores internacionales y los avances reales en la recuperación del salario mínimo. Utilizar la tribuna para pintar un panorama de colapso absoluto, omitiendo variables macroeconómicas complejas, raya en la desinformación conveniente para el consumo electoral.

El tono más estridente llegó con el dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, quien acusó una parálisis judicial y crisis de gobernabilidad totales. Aquí es donde la narrativa opositora pierde mayor credibilidad ante la ciudadanía: la crítica carece de una autocrítica elemental. Señalar con dedo flamígero el asedio del crimen organizado en las regiones sin asumir la corresponsabilidad histórica de sus propios gobiernos reduce el reclamo a mero cinismo político. Al magnificar las crisis sin proponer soluciones institucionales, este tipo de discursos abona más al miedo colectivo que a la rendición de cuentas. Oportuno es recordarle al PRIAN que sus campañas basadas en el miedo han fracasado repetidamente.

Por su parte, el senador de Movimiento Ciudadano, Luis Donaldo Colosio Riojas, intentó marcar distancia del viejo régimen al calificar de fracaso el modelo militarista y proponer alternativas civiles. Sin embargo, el reto para estas posturas moderadas sigue siendo pasar de la retórica atractiva a la viabilidad legislativa. Construir un discurso basado en el "deber ser" es sencillo desde la comodidad del micrófono, pero presentarlo como una solución mágica a corto plazo también constituye una forma sutil de engaño a un electorado cansado de promesas.

Pese a las estridencias y al mal hábito partidista de confundir el informe en un espectáculo circense, es necesario mantener la obligación de los gobernantes de informar y rendir cuentas. Muy a pesar de las opiniones de aquellos que han sugerido mejor cancelar los informes, una medida de esa naturaleza, lejos de fortalecer la rendición de cuentas y la transparencia de resultados, quitaría responsabilidades a los funcionarios públicos. Eliminar este ejercicio democrático solo daría un peligroso paso a la opacidad y a una mayor desinformación ciudadana; el reto es elevar el nivel del debate, no desaparecer la obligación de informar y dar la cara para enfrentar el escrutinio público.

El informe presidencial de 2026 nos deja una certeza preocupante: la brecha entre el país de las conferencias y el México de las calles se sigue ensanchando, pero la oposición parece incapacitada para acortarla. Para que la minoría parlamentaria sea un verdadero contrapeso, debe abandonar la pirotecnia verbal y el uso faccioso de la estadística. La ciudadanía no necesita dos versiones caricaturizadas del país; exige un debate con rigor verídico donde el gobierno responda por sus omisiones y la oposición demuestre la madurez necesaria para no convertir la crítica en desinformación o, peor aún, en vodevil de mal gusto.

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