PRI, reducido a grupo testimonial

TELEFÉRICO / Casimiro Basoria

2026-11-03

Casimiro Basoria

Mientras Estados Unidos acude este martes a las urnas para renovar parte del Congreso bajo pronósticos adversos para el Partido Republicano, en México otro fenómeno político merece un poco de atención: la prolongada caída electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI), una organización que durante décadas dominó la vida pública nacional y que hoy enfrenta una lucha por la supervivencia política. 

Las encuestas más recientes colocan al PRI entre 8 y 10.4 por ciento de intención de voto para la elección federal de 2027, lejos de los niveles que alguna vez le permitieron controlar la Presidencia, el Congreso y la mayoría de las gubernaturas. Distintos estudios lo ubican muy por debajo de Morena, e incluso disputando posiciones con Movimiento Ciudadano y el PAN, mientras su imagen pública presenta niveles de rechazo particularmente elevados. 

Más que una mala racha electoral, el problema es estructural. El PRI ya no enfrenta únicamente el desgaste natural de la alternancia democrática. Su crisis responde a una acumulación de factores: pérdida de competitividad territorial, abandono de su identidad política y una dirigencia incapaz de convencer a amplios sectores sociales de que el partido representa algo distinto a su pasado. Además, en varios estados Movimiento Ciudadano ha comenzado a ocupar el espacio que durante años correspondió al priismo como tercera fuerza política. 

El PRI ha sustituído a la renovación por la nostalgia. Su liderazgo insiste en presentarse como la principal alternativa frente a Morena, apostando a una gran coalición opositora y al llamado voto útil. Sin embargo, esa estrategia parte de una premisa discutible: asumir que el electorado está dispuesto a olvidar las razones que provocaron su desplome histórico. 

Una comparación con la política estadounidense resulta interesante. Donald Trump ha centrado buena parte de su estrategia en la movilización emocional de una base política leal, privilegiando la activación de simpatizantes antes que la conquista de nuevos votantes. De forma distinta, pero con una lógica semejante, Alejandro Moreno parece concentrarse en conservar los núcleos duros del priismo mediante un discurso frontal contra Morena, apelando a la unidad opositora y prometiendo incluso ampliar programas sociales, contrario a lo que ha sucedido en los hechos, desde que mudó sus banderas revolucionarias por los compromisos neoliberales. 

Movilizar a la militancia puede servir para evitar una debacle mayor, pero difícilmente bastará para reconstruir una mayoría social. Los partidos en declive suelen cometer el error de hablarle únicamente a quienes ya están convencidos. Cuando eso ocurre, dejan de competir por el futuro y comienzan a administrar las reminiscencias.

De cara a 2027, el pronóstico más razonable es que el PRI mantenga su registro nacional y conserve una representación legislativa reducida, pero con serias dificultades para ganar por sí mismo alguna de las 17 gubernaturas en disputa. Su supervivencia política dependerá, en gran medida, de las coaliciones que logre construir y de su capacidad para evitar que Movimiento Ciudadano termine de desplazarlo como referencia principal de la oposición no panista, lo que parece inviable en el corto plazo.

Sin embargo, la tendencia no apunta hacia una recuperación, sino hacia una mayor reducción de su influencia. Hoy, el PRI se parece menos al partido que gobernó México durante gran parte del siglo XX y más a una organización que lucha por conservar relevancia en un sistema político que ya aprendió a funcionar sin él. Si las tendencias actuales se mantienen, 2027 podría convertirse no en el año de su resurgimiento, sino en la elección que confirme su condición de fuerza minoritaria, dependiente de alianzas y sin capacidad real para disputar el poder por cuenta propia. Así como el clan de los “Chuchos” sepultó al PRD, así el clan de los “Alitos” podría repetir la hazaña con el tricolor, al menos que el desafuero del dirigente salvara de ese destino a los auténticos priístas.

En Estados Unidos, numerosos analistas han advertido que la retórica incendiaria de Trump podría estar contribuyendo al desgaste electoral republicano en estados competitivos. En México, el PRI enfrenta un fenómeno parecido, aunque más severo: la dirigencia (en coro con la dirigencia panista) parece hablarles exclusivamente a quienes ya están convencidos de que Morena representa todos los males nacionales.

El discurso de Alito contiene además una contradicción central. Por un lado intenta presentarse como una alternativa de futuro; por otro, carga con el peso de un partido que buena parte de la opinión pública sigue asociando con corrupción, autoritarismo, impunidad y desigualdad. Tan pesada carga histórica no desaparece mediante consignas más duras ni mediante promesas de duplicar programas sociales, porque sus acciones desmienten sus discrusos. 

De hecho, cuanto más agresivo es el tono, más difícil resulta construir una narrativa de renovación. Los electores pueden perdonar errores. Lo que rara vez perdonan es la ausencia de autocrítica. Trump aporta una lección muy útil de la cual los políticos mitómanos con perfil autoritario tienen mucho que aprender.

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